A las seis, Guadalupe.
Una mañana a mediados de 1996, nos sacaron a todos del aula y nos llevaron a la “sala de video”, básicamente un aula más chica, con todos los pupitres apiñados y el mueble de la tele abierto, con el televisor encendido. Éramos alumnos de tercer grado en un colegio tradicional de caballito. No recuerdo por qué no llevaron el televisor al aula, como se hacía habitualmente, ya que el mueble tenía rueditas y era muchísimo más cómodo para todos. En la sala de video, además del televisor, estaba uno de los curas del colegio y un par de catequistas. Nos pareció raro porque, si bien teníamos catequesis todas las semanas, esa hora correspondía a la clase de ciencias naturales, y la maestra nos sacó del aula sin darnos ninguna explicación.
El primero en hablar fue el cura, un hombre retacón y pelado, con una barba colorada y llena de rulos, pero sin bigote. En ese momento no era consciente, pero ahora por alguna razón, cada vez que recuerdo a ese hombre me siento profundamente incómodo. Tenía un hablar suave y cansino, pero no era amable. En su discurso siempre había cierta rabia contenida, como si hablar de ciertas cosas le causara enojo y fastidio.
Nos habló durante un rato de manera confusa y poco concreta acerca de la vida y de la muerte, del amor y la responsabilidad, del bien y del mal, y de la palabra de Dios como ente protector por sobre todas las cosas. Nos mirábamos entre nosotros porque no entendíamos bien de qué nos estaba hablando, hasta que intervino Carmela, una de las catequistas. Una señora de unos cuarenta y largos, que siempre estaba seria y tenía muy poca tolerancia a los cuestionamientos de los alumnos. Tenía el pelo lacio y oscuro y unas ojeras eternas que hacían juego con el pelo. Se paró al lado del televisor, control remoto en mano y soltó:
“Hay gente, gente que abandonó hace tiempo el camino de Dios, gente que está matando bebés antes de que nazcan”. Esta frase nos agarró por sorpresa y nos horrorizamos. ¿Cómo alguien podría querer matar un bebé? No recuerdo si hubo más preámbulos o si habló la otra catequista, pero sí que entendí el cambio imprevisto de aula. “Lo que les vamos a mostrar es muy difícil, muy duro de ver y de entender, pero ya son lo suficientemente grandes como para que sepan que estas cosas suceden en el mundo”. Apagaron todas las luces, cerraron la cortina de la única ventana que daba al pasillo hasta que el aula quedó completamente a oscuras.
Play.
El video tiene el formato de uno de esos videos clandestinos, esos que pretenden mostrar una conspiración mundial que se afirma como verdad absoluta y de la cual los poderosos del mundo nos quieren privar. Es narrado por una voz en off masculina y muy grave que, aunque habla pausado, lo hace con tono oportunamente alarmista. La imagen arranca con una mujer entrando a una clínica de la mano de un hombre. La mujer es joven, y tiene puesta una remera que deja parte de la panza y el ombligo al aire. Es delgada, no parecería estar embarazada. El lugar se ve sucio y frío. Un hombre y una mujer vestidos con ambos y guardapolvos blancos (inexplicablemente manchados con sangre) la hacen pasar a una habitación más sucia y más fría que la anterior. La acuestan en una camilla y le hacen levantar las piernas y apoyar los talones en unos aros metálicos a los costados de la camilla. Agarran un aparato que tiene una pequeña pantalla y le apoyan el extremo de un cable en la panza. La cámara enfoca la pantalla de ese aparato y aparece una imagen de lo que debería ser una ecografía, en la que se ve la silueta de un bebe en distintos tonos de un gris borroso, cabezón y panzón, moviendo sus brazos y piernas, tranquilo. Se puede distinguir también la nariz, los ojos, y hasta los dedos de las manos. Algunos de mis compañeros largaron un “ahh”, con tono de ternura ante lo que estábamos viendo. La imagen transmite paz y se acompaña de una melodía suave de música para dormir a un bebe.
Pausa.
Todos nos dimos vuelta para mirar a Carmela, que tenía el control remoto. En la penumbra del aula solo se distinguía la mitad de su cara, la mitad iluminada por la imagen del televisor viejo que tenía pausada la imagen de la ecografía. “Miren bien, ¿ven ese hermoso bebé? Es una personita adentro de la panza, una persona en formación. ¿Ven cómo se mueve, como mueve las manos, los pies, la carita? Por favor, presten mucha atención...”
Play.
Sin previo aviso, entra en la imagen una estructura redonda que parece una sierra. La música del video cambia súbitamente y empieza lo que podría ser el soundtrack de una remake de psicosis. La sierra empieza a atacar al bebe. El bebe se sobresalta y se empieza a mover frenéticamente. Intenta alejarse, intenta escapar, pero no tiene suficiente lugar. La sierra lo arrincona y empieza a cortarle las piernas. El bebe se mueve cada vez más fuerte. Tiene miedo. La sierra comienza a despedazarlo mientras él lucha por su vida, desesperado. Sacude la cabeza, parece mover la cara, abre la boca. En el aula se alborotaron todos, varios de mis compañeros gritaron asustados, algunos se largaron a llorar.
Pausa.
“¡¡Miren eso chicos, por favor!!” gritó Carmela con un tono terriblemente dramático, entrecortado, como si se estuviera por largar a llorar. “¡El bebé está gritando, grita de dolor, quiere pedir ayuda, pero nadie lo escucha, nadie lo escucha, porque está adentro de la panza de su mamá!”.
Play.
La sierra avanza en un movimiento brusco, y ataca al bebé con violencia. Algunos piden que lo saquen, que lo paren, pero el video sigue. “¡¡Que alguien lo ayude!!” gritó Florencia, que estaba sentada al lado mío. El bebe empieza a desmembrarse, pierde primero sus brazos, luego una pierna, todavía vivo y luchando, hasta que la sierra alcanza su tórax y deja de moverse definitivamente. La cabeza separada de su tronco, sus brazos y piernas por separado, flotando en ese lugar que debía ser su cobijo. La música termina abruptamente.
Pausa.
“Ya es tarde para ayudarlo” dijo Carmela con las voz llorosa. “Ya es muy tarde pero… pero todavía no terminó…”.
Play
Varios de mis compañeros hace rato que se habían tapado la cara, algunos seguían llorando, pero el aula estaba tan oscura que no se llegaba a ver de dónde venían los llantos. Una de mis compañeras pidió por favor salir para ir al baño, pero Beatriz, la otra catequista, le dijo que todavía no, que espere. Mientras tanto, en la película, que sigue enfocando la pantalla del ecógrafo, entra en acción un tubito, que enseguida supimos que funcionaba como aspiradora, limpiando los restos de la masacre recién cometida dentro del útero. El video termina con los sujetos ensangrentados arrojando una gran bolsa con desechos y sangre en el tacho de basura al lado de la camilla de la chica… de la madre, que por alguna razón injustificable, había decidido asesinar a su hijo.
Pausa. Encendieron las luces.
“Esto…esto es un aborto chicos”, dijo Beatriz, la que le había negado el baño a mi compañera. “¡Esto sucede en esta ciudad, en este país, en el mundo, todo el tiempo, y es nuestra tarea frenarlo!”. Yo, morboso desde chico, no había pestañeado ni un segundo en todo el video, no podía creer lo que acababa de ver, y asentí a la afirmación de la señora con profunda convicción y conmoción. “¿Alguna pregunta?”, dijo finalmente el cura. Mariano levantó la mano. Mariano se destacó desde chico por ser mucho más lúcido que el resto de los chicos de su edad. “¿Por qué la chica que entró a hacerse el aborto no tenía panza si el bebé de la bolsa era tan grande?”, preguntó inquisidor. “¿Acaban de matar un BEBÉ y vos preguntas eso, enfermo?”. La que le contestó a Mariano no fue la catequista, sino Florencia, una de nuestras compañeras. Esa pregunta desautorizó automáticamente la pregunta de Mariano. Empezaron los murmullos y algunos más se sumaron a cuestionar la insensibilidad de Mariano. Recuerdo pensar que la pregunta de Mariano tenía muchísimo sentido, pero las imágenes del video eran demasiado contundentes. Los catequistas y el cura se miraron entre ellos, satisfechos de la reacción general contra Mariano y dieron por finalizada la clase especial. El resto de la semana, todos los días se tocó el tema del asesinato de bebes y nuestro compromiso inalterable para luchar por la vida de los no nacidos.
La misma noche del episodio del video, cenábamos en familia mis viejos y mis hermanos menores. Mis viejos, médicos los dos, cirujano él, terapista intensiva ella, trabajaban en el Hospital Parmeño Piñero, un hospital grande y tradicional de Bajo Flores. Ahí fue donde se conocieron (y, probablemente, donde nos concibieron). La población que se atendía en ese hospital era principalmente pobre, salvo excepciones. La villa 1–11–114, que un par de décadas antes estaba a unas cuadras del hospital, ahora prácticamente lo rodeaba, y la mayoría de los pacientes del hospital, vivían ahí. Ninguno de los dos era muy religioso. En casa no se rezaba ni se iba a misa de manera regular. Mi vieja, más me que mi viejo, parecía no creer en Dios, pero nunca lo confirmaba en voz alta. Nunca entendimos con mis hermanos por qué nos mandaron a los tres a un colegio católico. Creo que ellos tampoco lo saben bien. Mandato familiar quizás, comodidad por la cercanía a casa o tal vez el prestigio educativo nos ubicó a mí y a mis hermanos en una primaria y secundaria de un colegio católico super tradicional de caballito.
Esa noche yo todavía masticaba bronca e indignación con un mundo cruel que permitía semejante atrocidad. “Hoy nos mostraron un aborto, ¿ustedes qué piensan de eso?” pregunté sin vueltas. Desde pendejito fui irreverente y caradura para preguntar cosas que me parecen fundamentales. Mis viejos soltaron los cubiertos y tragaron la comida. Se miraron entre ellos como diciendo “¿Hablás vos o hablo yo?”.
Habló mi vieja, como siempre: “por supuesto que no queremos que haya abortos, nadie quiere eso, pero hay veces que el aborto puede significar un riesgo muy grande para la salud de la mujer”. Mi cara se desfiguró y mi vieja enseguida se dio cuenta, por eso intentó anticiparse. “Si la mujer se hace el aborto afuera del hospital se puede morir, y puede dejar a otros hijos sin mamá.” Al final se sumó mi viejo: “es una decisión muy triste y nosotros los médicos tenemos que ayudarlas a evitar que se mueran por hacerlo afuera del hospital.” Mis viejos eran dos monstruos. Los miré indignado y asqueado. ¿Cómo pueden justificar esto?. Mis viejos no levantaron la voz. Mi mamá intentó agarrarme la mano y explicarme, pero yo se la saqué violentamente, angustiadísimo. Mis papás justificaban homicidio de bebés.
Un rato más tarde, yo estaba acostado en la cama superior de la marinera en el cuarto que compartía con mis hermanos. Ellos ya se habían dormido y yo seguía dando vueltas en la cama, triste e indignado por los padres que tenía. Mi vieja se asomó en la puerta de la habitación. Me vio despierto y amagó con acercarse, pero yo me di vuelta bruscamente dándole a entender que no quería saber nada con ella. Entró despacio y sin hacer mucho ruido me apoyó la mano en la espalda, después me abrazó. “Se que es difícil de explicar y mucho más difícil de comprender, pero si algun dia me dejas explicarte, se que en unos años lo vas a entender”, me dijo al oido, me dio un beso largo en la mejilla y salió en puntas de pie.
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A principios de 2010 yo cursaba el último año de la carrera de medicina, en la fase llamada “unidad docente hospitalaria”, la instancia de la carrera que se cursa íntegramente en algún hospital público o privado, según elijas y de acuerdo al cupo de alumnos disponible. Por la cercanía a mi casa, yo había elegido el Hospital Piñero. Para esa época mi viejo llevaba ya varios años sin trabajar ahí, ya que había renunciado para empezar su especialidad de forma privada, Mi vieja, por otro lado, estaba hace más de un año de licencia médica por un accidente en la rodilla que requirió varias cirugías y meses de rehabilitación para poder volver a caminar normalmente.
Con mis compañeros de cursada, con la intención de entrenarnos en el manejo de urgencias, habíamos decidido sumarnos como practicantes a las guardias nocturnas del hospital, en la sala de emergencias a donde llegaban tanto ambulancias como pacientes con demanda espontánea.
Disfrutábamos la guardia externa por la adrenalina de los casos que caían ahí todas las madrugadas, como nenes excitados por entrar a un parque de diversiones. En ese momento, a pesar de ser estudiantes del último año de la carrera, no teníamos mucha noción de lo que implicaba estar en una guardia externa en bajo flores. Tampoco nos llamó la atención que al poco tiempo de hacer guardias ahí, los médicos a cargo, al ver un grupo de pendejos entusiastas con ganas de laburar, nos dejaran solos recibiendo a los pacientes, resolviendo las “pavadas” y se fueran a dormir. Al cabo de un par de meses como prácticamente, algunos médicos, si veían que tenias entusiasmo, dos dedos de frente y algo de sentido común, te ascendían a “practicante mayor”. Nosotros recibíamos ese cargo con orgullo y alegría. Era un hito en la mística de la precarización laboral, pero en ese momento no nos dábamos cuenta.
La atmósfera que se vivía en las madrugadas de guardia del Piñero estaban siempre tamizadas de surrealismo. Por momentos era un caos absoluto, y por otros había tanta calma que no se escuchaba un solo ruido durante largos ratos. Pero la calma siempre antecede al huracán. Las ambulancias con baleados siempre activaban a todo el mundo, principalmente porque nunca era una sola ambulancia, sino varias. A veces venían varias ambulancias con baleados de bandas rivales, y el conflicto armado seguía en los pasillos del hospital. Otras veces los responsables del gatillo eran los policías, que enseguida llenaban los pasillos del hospital para asegurarse de que el baleado, si todavía podía hablar, no hablara.
Una noche de sábado a finales de un noviembre muy caluroso, yo estaba haciendo una de mis guardias de practicante junto con dos de mis compañeros de cursada. La médica clínica a cargo de la guardia esa noche era Laura.
Laura, a diferencia del resto de los médicos con los que hacíamos guardia, nunca nos dejaba atender pacientes solos ni se iba a dormir si había trabajo pendiente. Laura tenía en ese momento cerca de cuarenta años y dos hijos chiquitos. Siempre estaba cansada y malhumorada, pero nunca dejaba de trabajar. A nosotros no nos gustaba estar de guardia con Laura, porque nos retaba constantemente y de mala manera. Además nos tomaba examen todas las guardias con conceptos de manejo de pacientes que todavía no conocíamos del todo. Laura era la ortiva, la mala onda, la que no confiaba en nosotros y nos controlaba todas las tareas. Por su carácter difícil y voz finita era el personaje ideal para las burlas de nosotros los practicantes, y de muchos de sus colegas médicos con quienes nosotros si teníamos buena onda. Ninguno de nosotros admitía en ese momento que la mayoría de las cosas que aprendimos en esas guardias fue gracias al rigor de Laura.
Durante varias horas no pasó absolutamente nada. La calma era tal que se escuchaban los grillos del parque del hospital. Habíamos comido una pizza con los médicos de la guardia y yo estaba leyendo unos apuntes que Laura me puso en las manos apenas terminé de comer. “Manejo de la cetoacidosis diabética en la guardia”. “En una hora te tomo examen”, me dijo con mala onda y se fue al estar médico a terminar con algunas cosas. Un rato más tarde una sirena de lejos nos avisó que una ambulancia venía en camino. Nos preparamos para recibirla. “Viejito hipotenso y deshidratado, no tiene una puta vena permeable, van a tener que ponerle una vía central”, dijo Hector, el médico de ambulancia. Hector rara vez hacía algo proactivo por los pacientes que traía en la ambulancia. Casi siempre se limitaba a anunciarnos el problema y decirnos lo que había que hacer, pero nunca lo hacía él. Muy alto y muy obeso, tenia mucha dificultad para moverse, respiraba agitado al mínimo movimiento y tenia manchas de pizza en un guardapolvo que probablemente no lavaba desde el mundial ´86. El guardapolvo no tenía un solo botón, y aunque lo tuviera no había chances que el botón se encontrara con el ojal. Hector siempre viajaba adelante con el chofer, nunca atrás con el paciente. Varias veces sucedió, que al ir a recibir un paciente traído por Hector a la parte posterior de la ambulancia, nos encontrarnos que llevaba un largo rato muerto. Esta vez el paciente estaba vivo, pero muy desorientado, y visiblemente deshidratado. Laura ya se había resignado a la desidia de Hector y ni le discutía. Le miró el cuello al paciente, después me miró a mi y me dijo: “hoy vas a aprender a poner una vía central”. Yo estaba feliz, ya que era un procedimiento de los difíciles y nunca lo había practicado. Ese tipo de procedimiento implica lavarse y ponerse camisolín y guantes estériles y preparar al paciente con una asepsia similar a la que usa un cirujano.
Un rato después, tanto Laura como yo estábamos ya cambiados, con camisolines y guantes estériles, barbijo y cofia, y Laura me había cedido la aguja y se disponía a explicarme la técnica para pinchar la vena yugular y evitar tocar accidentalmente la arteria carótida. Un instante antes de realizar el primer pinchazo un enfermero abrió la puerta. “Laura, hay una chica descompuesta afuera”. Laura le clavó la mirada ante lo inoportuno de la interrupción. “Llamalo a Hector, o a Fernando”, le dijo de mala gana y volvió a concentrarse en mi. “Salieron con la ambulancia a comprar un helado, Laura, ¿por qué no mandas al pibe para que la vea?”. Laura puteó en voz baja, pero no tan baja como para que no la podamos escuchar. Me miró, me pidió disculpas y me preguntó si podía ir yo. Le dije que si de mala gana y me saqué la ropa estéril. Puteé a Laura por dentro. ¿Por una descompostura me saca del procedimiento? Tienen razón todos, esta mina es una forra mala leche, puteé para mis adentros de nuevo.
En el box contiguo al de Laura y el viejito había una chica de unos treinta años, flaca y alta. Estaba sentada en la camilla del box con las piernas colgando y las manos juntas en el medio. Por el movimiento frenético de sus manos sobre sus piernas se notaba que estaba nerviosa, pero su cara solamente mostraba una profunda tristeza, y unas ojeras que le llegaban hasta el piso contaban que llevaba unos días sin dormir. Estaba algo pálida y al revisarle los signos vitales, también estaba un poco taquicárdica. El resto del examen físico era normal. Se llamaba Sabrina y había venido a la guardia sola. “¿Por qué viniste Sabrina?”, le pregunté. “Estoy con vómitos hace tres días. Cada 2 horas vomito y hace dos días que no puedo tomar ni medio vaso de agua que vomito todo. No tengo fuerzas ni para levantarme”, me contestó rápido y con la voz temblorosa. Repetí el examen físico para asegurarme de no haberme pasado algo por alto, para fastidio de Sabrina, que en el medio tuvo un par de arcadas. Más allá de signos leves de deshidratación, no tenía nada extraño. Me asomé al box de enfermería y le pedí a Ruben que me prepare una vía para ponerle suero en un brazo y de paso pasarle un reliveran endovenoso. Me asomé también al box de Laura, que ya estaba terminando de ponerle la vía central al viejito. Le conté rápido y de mala gana el caso de Sabrina y le dije lo que pensaba hacer. Laura me miró furtivamente y con su clásica cara de fastidio cuando cometemos errores que ella ya nos había aclarado varias veces. “¿Le preguntaste la fecha de ultima menstruación, boludazo?”. “No Laura, no le pregunté”… admití con bronca y algo de vergüenza y volví al box de Sabrina. Sabrina no se acordaba, pero creía que hace más de un mes. “Pedile una beta”, me dijo Laura con la resignación de tener que explicar todo por enésima vez.
Un extraccionista de laboratorio a esa hora podría demorar dos años en venir, así que le saqué sangre y le puse el suero, con tal de terminar cuanto antes. Con la muestra de sangre en la mano, agarré un alfajor de mi mochila y me fui al laboratorio de la guardia. El alfajor no era para mí sino para Carlitos. La única forma de que Carlitos priorice tu muestra y te la devuelva rápido era sobornándolo con un triple de dulce de leche bañado en chocolate blanco. Me quede esperando para no tener que hacer el viaje dos veces. “¡¡Hay humo en la cocina!!” anunció Carlos dándome el papel que confirmaba el embarazo de Sabrina. Le esbocé una mueca de sonrisa para ese chiste malísimo que repetía cada vez que había un embarazo confirmado, principalmente para mantener la buena onda y que no me deje esperando 3 días para darme el resultado una muestra la próxima vez.
Mientras volvía a la guardia, miré el papel con el resultado positivo y pensé en Sabrina y su cara triste y demacrada. Yo nunca le había anunciado el embarazo a una mujer. Pensé que quizás su tristeza desaparezca por un ratito si recibe una buena noticia y me entusiasmó ser yo el que se la entregara. Me la imaginé alegre y sonriendo y yo dándole el primer abrazo de felicitaciones por su embarazo. Cuando entré al box, Sabrina estaba recostada de costado. Ruben le había acercado un balde donde había una pequeña cantidad de bilis. “Hace días que no tiene nada en el estómago”, pensé. Estaba despierta. Cuando me vio entrar me sonrió, se sentó y adoptó la misma posición que al principio, con la mirada perdida en el el piso.
“Sabrina, tengo una buena noticia para contarte, no tenés ningún problema de salud, los vómitos son porque estas embarazada. ¡¡Felicitaciones!!”
“¡¿…Qué?!“. La pregunta de Sabrina fue corta y seca, pero todavía con tono suave.
“¡¡Que estás embarazada!! El resultado de la beta dio positivo, lo que significa que estas emb”… “Ya sé lo que significa, pero no puede ser”, me interrumpió. Su cara se había desfigurado, y me había clavado sus ojos. Yo baje la mirada disimulando mirar la hoja y me puse pálido, pero enseguida reaccioné a lo que interpreté como un malentendido. “Sabrina quedate tranquila, va a estar todo bien, los vómitos son normales en las primeras semanas, pero la beta confirma que estás cursando un embaraz”…”Ya se lo de los vómitos, ya se lo de la beta, ya lo se, ya lo se, tengo dos hijos, pero no puede ser, NO PUEDE SER, me estoy cuidando, me cuido, me cuido, no puede ser.”
Sabrina se largó a llorar a cántaros y se tapó la cara con las manos. Intenté ponerle una mano en el hombro pero negó con la cabeza y se acostó bruscamente en la camilla. Entre sus manos se escuchaban sollozos mientras repetía “No puedo tener otro hijo, no puedo, no puedo, no puedo”
Yo estaba inmóvil, al lado de ella. No sabia qué carajo hacer, como reaccionar. Me sentía un imbécil, un inútil. ¿Cómo no le pregunté antes, cómo no me fije si quería, cómo no hable con Laura primero?. Qué irresponsable, la puta que me parió, como voy a mandarme solo. Mientras me reprochaba a mi mismo, Laura se asomo por la puerta, atraída por el llanto de la paciente. La miró y me clavó la mirada con su típica cara de “que carajo hiciste”. Yo negué con la cabeza tratando de inventar un “yo no fui”, pero el papel con la beta en mi mano y mi cara de pelotudo me delataron. Laura se agarró la cara y entró en dos zancadas, y abrazó a Sabrina por arriba de los hombros.
“Hola preciosa, soy la Doctora Laura, la clínica de guardia”. Sabrina levantó la mirada y asintió con la cabeza respondiendo al saludo. “Va a estar todo bien, ¿sabes?”, le dijo con un tono suave y dulce. “No puedo ser madre otra vez, no puedo, ¿entendés? No tengo con qué, ni cómo, estoy sola, no puedo. No puedo y no quiero, no quiero. No quiero” repitió Sabrina entre llantos. “Te entiendo, te entiendo en serio, quedate tranquila, te vamos ayudar, quedate tranquila, vení”, le dijo, mientras la ayudaba a levantarse. “Vamos por aca”, le indico mientras la sostenía con el brazo izquierdo y empujaba el pie de suero con el derecho. Laura llevó a Sabrina al consultorio más grande, donde hay un sillón cómodo para sentarse y un ventilador. Yo me quede parado en el mismo lugar donde me encontró Laura, sin saber que hacer. Justo antes de salir por la puerta, Laura se dio vuelta y me dijo en su típico tono serio: “Anda al cuarto, fijate en mi bolso, en el primer bolsillo hay una caja con un medicamento. Traelo”. Corrí a la habitación y busqué el bolso. Abrí el primer bolsillo y agarré la caja. Oxaprost 75. En ese momento me faltaban cursar 5 materias para terminar la carrera, entre ellas, ginecología y obstetricia. No recordaba que en farmacología nos hubieran hablado de oxaprost ni para qué servía. Oxaprost era la marca del medicamento compuesto, pero el principal principio activo era diclofenac, con una cubierta con otra droga para evitar el malestar gástrico. No me sonaba ese otro medicamento, nunca me lo habían nombrado. Le llevé la caja a Laura, que la agarró, me agradeció, y me cerró la puerta en la cara.
Las dos horas siguientes atendí tres o cuatro pacientes más, un par de borrachos que se habían cortado, uno con tos hace dos semanas, y uno con dolor de pecho. Me sentía aturdido e inútil. Sentí miedo de estar trabajando ahí. Sentí vergüenza e impotencia. Al cabo de un rato, Laura se asomó al box en el que yo estaba terminando de revisar a un paciente. “Vení”, me dijo a secas. Eran las tres de la madrugada y todavía hacía mucho calor. Me llevó al mismo consultorio donde había entrado con la paciente. “¿Y Sabrina?”, pregunté. “La mande a casa, me dijo tranquila. ¿Cómo estas Dami?”. Era la primera vez que me decía por mi apodo y encima, cariñosamente. No le contesté y bajé la mirada. Se me acercó y me dio un abrazo, muy corto y seco, pero apretado, y me dio unas palmadas en la espalda. Acto seguido se me alejo y me agarró de los hombros, me miró y me sonrió. “Todos los días se aprende algo, ¿no?” Yo asentí mientras un par de lágrimas me caían por las mejillas. Laura se dio media vuelta, abrió un cajón del escritorio, agarró unos apuntes fotocopiados y me los dio en la mano con firmeza. “Leé”, me dijo, se dio media vuelta y salió del consultorio. Me senté en la silla donde había estado Sabrina unos minutos antes. Di vuelta el apunte y leí el título: “Indicaciones de uso de misoprostol”.
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A finales de 2018 yo estaba terminando el segundo año de fellow de electrofisiología y arritmias en el Hospital Rivadavia. Había terminado la residencia de cardiología en 2016 en el Sanatorio Mitre y, elegí hacer una subespecialidad invasiva vinculada a las arritmias cardiacas. Recomendación y buenas referencias de colegas me ubicaron por primera vez trabajando a tiempo completo en un Hospital Público. Viniendo de hacer cuatro años de residencia en un Sanatorio privado, el hospital público me ubicó enseguida con un sopapo de realidad en medio de la cara. Nada de administrativos para resolver cuestiones burocráticas. Nada de andar llamando camilleros para meter y sacar pacientes de la sala de hemodinamia. Si quería intervenir a un paciente y empezar y terminar en hora, de esas tareas tenía que ocuparme yo mismo.
Generalmente los viernes era el día fuerte de procedimientos invasivos en la sala de hemodinamia, que se encontraba al lado de la Unidad Coronaria. Una vez terminados todos los procedimientos, nos íbamos al consultorio de arritmias, que en ese momento estaba ubicado lejísimos de la sala donde interveníamos a los pacientes. Había que bajar dos pisos de escalera, salir al parque central del hospital, entrar al primer pabellón, subir otros dos pisos y ahí sí, llegar al consultorio. Los días de lluvia ese trayecto implicaba llegar mojado y a veces con los pies embarrados. Nuestro consultorio estaba precisamente en este sector, justo enfrente de la dirección y a unos 10 metros de la puerta de la Terapia Intensiva del hospital.
La secuencia de los viernes involucraba arrancar bien temprano en la sala de hemodinamia, idealmente antes de las 8 am, y citar a todos los pacientes a ese piso para intervenirlos uno detrás del otro y no demorar yendo a buscarlos a otro sector del hospital. Al terminar el último paciente, generalmente yo me quedaba solo para escribir los partes quirúrgicos y anotar los pacientes en la computadora, y llevar el equipamiento para la intervención de vuelta al nuestro consultorio.
Un viernes de diciembre, justo antes del fin de semana de navidad, yo estaba sentado en el escritorio del consultorio terminando de acomodar los equipos, y completando los partes quirúrgicos de los pacientes. El lunes era 24 y se había decretado asueto, puente por el feriado del martes 25, así que no volvería al hospital hasta el miércoles siguiente. Me gustaba estar solo en el consultorio porque podía terminar las cosas tranquilo sin que nadie me apure. Ese día además, los procedimientos habían sido particularmente largos, y yo volví al consultorio recién a las cuatro de la tarde. A esa hora el hospital suele ser un desierto absoluto. Los pasillos están en silencio y solo se escucha el ruido de los autos que circulan sobre Las Heras o la sirena de alguna ambulancia entrando con un paciente. Si le sumamos que se trataba de un viernes, y encima un viernes previo a las fiestas, es probable que el Sahara a las 12 del mediodía tuviera más actividad que los pasillos del Hospital.
Antes de entrar al consultorio, mire hacia la puerta de la terapia intensiva. Generalmente suele haber bastante gente ahí, esperando el parte médico de algún familiar internado. Esta vez, había únicamente una mujer de unos cincuenta años sentada e inclinada hacia adelante, abrazada por un hombre de una edad similar. Los dos estaban en silencio y se los notaba profundamente preocupados. Tenían la cara hinchada de haber estado llorando un rato pero ahora estaban calmos y en silencio.
Esta escena, en la puerta de una terapia intensiva es la regla, no la excepción, e incluso suele ser más dramática, con llantos y gritos de familiares que reciben una mala noticia.
Dado que yo no tenía nada que ver con la terapia intensiva, solía acelerar el paso en ese pasillo y me encerraba rápido en mi consultorio. El hecho de tener ambo o guardapolvo en el pasillo del hospital te convierte en blanco inmediato de consultas de todo tipo y provoca que en una caminata de 5 minutos, te detengan no menos de diez personas para preguntarte indicaciones, consultarte por estudios que se hicieron en otro sector, y pedirte informes por pacientes que no conocés.
Durante la mañana era muy frecuente que tocaran la puerta del consultorio preguntando por la direcciòn médica, que estaba exactamente en frente al consultorio y con un cartel enorme que decìa “Direcciòn Médica”, pero después del mediodía, en el hospital no quedaban ni los fantasmas.
Por eso me pareció raro que a las cuatro y media de la tarde de un viernes pre fiestas tocaran frenéticamente la puerta. Yo estaba tan concentrado en mi trabajo que me sobresalte. Abrí la puerta y me encontré con una de las médicas residentes de terapia intensiva, agitada, despeinada y con un manojo de electrocardiogramas en la mano.
“El médico de planta me pidió si podía venir un electrofisiòlogo urgente, dijo que si es el jefe mejor”, me soltò en la cara sin siquiera saludar, ni respirar.
“El jefe no está hace rato, estoy yo, soy el fellow, ¿Le servirá a tu jefe?”, le contesté canchereando, apropósito, por la forma en que me había abordado. “Ehm, supongo que sí vení urgente dale”, me dijo, y me dió el manojo de electros en la mano y salió corriendo a la terapia haciendo ademán para que la siga.
Mientras corríamos miré como pude los electrocardiogramas, pero con la primera ojeada se me aceleró el pulso y agilicé mi marcha para entrar a la terapia junto con la mèdica. El trazado del electro mostraba una arritmia que no era compatible con la vida. Fibrilaciòn ventricular le decimos en términos médicos, y hace referencia a una arritmia que desorganiza la actividad cardiaca a un nivel que los latidos no son son efectivos y el paciente entra en paro.
Desde la puerta se veìa el tumulto de gente alrededor de la cama seis de la terapia justo en el medio de las doce camas disponibles. Dos médicos y los tres enfermeros estaban atendiendo a la paciente. Uno de ellos arrodillado en la cama al costado de la paciente practicándole RCP.
Cuando llegué a los pies de la cama me presenté y pedí que me cuenten el cuadro clínico. El médico de planta me miró, me reconoció, y pesar de la cara de fastidio que tenía por esperar que llegara mi jefe me contó los datos mientras un colega comprimía el pecho incesante al mismo tiempo que uno de los enfermeros, ubicado detrás de la cabecera de la cama, administraba oxígeno con un ambú a través del tubo endotraqueal.
“Mujer, diecinueve años, internada en Terapia desde hace tres días por una sepsis a foco uterino, por un aborto realizado en su domicilio con un objeto punzante probablemente no esterilizado. Se intubó ayer, la operaron y le sacaron útero y ovarios, y hoy empezó con falla cardiaca, la cual fue empeorando hasta hace cinco minutos que empezó con arritmias”, me dijo rápido el médico de planta. Miré de nuevo el electro y confirmé lo que había visto mientras corría. Fibrilaciòn ventricular.
“¿Ya la desfibrilaron?”, pregunté apurado. “Dos veces”, me contestó agitado el médico mientras el otro médico, que estaba comprimiendo el esternón totalmente transpirado y agotado, pidió cambio. Acto seguido se subió a comprimir la médica residente que había venido buscarme. Miré al costado donde estaba un enfermero con las paletas del desfibrilador en la mano, listo para descargar de nuevo cuando le indiquen. “¿Le pasaron medicación ya?”, indagué rápido. “Solamente adrenalina, por ahora”, me dijo el médico. “Rápido, vos, pasale dos ampollas de amiodarona, y anda preparando goteo de lidocaína”, le dije, sin respirar, a otro de los enfermeros.
Miré la cama, la paciente estaba destapada y con un vendaje justo arriba del pubis que le cubría la cicatriz de la histerectomía que le habían hecho ayer. Era de contextura chica, parecía de menos de 19 años. Intubada y con la medicación que le habían pasado, tenía la piel pálida y las manos y pies cianóticos, de un color azul marmolado. A veces una infección generalizada puede provocar falla cardiaca en pocas horas, y si no se detecta a tiempo, la evolución puede ser catastrófica. Corazón de sepsis, le decimos en la jerga médica.
“¡¡Qué hacemos pibe!!”, el médico a cargo me sacó del trance con un grito. Sacudí la cabeza, miré de nuevo el monitor cardiaco. “¿¿Pasaron la amiodarona ya??”, pregunté. “¡Si!, contestó”. “¡Controlá el ritmo!”, le grité al enfermero con el desfibrilador. “¡Sigue fibrilada!”. Pasame las paletas”, le dije al enfermero. Las agarré con firmeza, me puse al costado de la cama, cargué la máxima energía, apoyé las paletas en el torso desnudo de la paciente y apreté los botones para descargar la energía. El cuerpo de la paciente se sacudió como una muñeca de trapo. “¡¡Salió!!”, gritó la residente con alegría. Miramos el monitor: ritmo cardiaco normal. Apoyé el índice en el cuello, justo encima de la carótida. “¡Tiene pulso!”.
Festejamos, sonreímos. El médico a cargo me puso una mano en el hombro y me dijo: “bien pibe, grac…”¡¡Entró de nuevo en paro!!”, lo interrumpí con un grito. Todos se dieron vuelta a mirar el monitor, otra vez en ritmo de fibrilación ventricular. Las sonrisas se desfiguraron, todos volvieron a sus puestos, pero me adelanté y le apoyé las paletas del desfibrilador nuevamente, le descargué la máxima energía en el pecho. Otra vez la sacudida de todos los músculos del cuerpo. “¡¿Ritmo?!”, pregunté con menos esperanzas que antes. “¡¡Sigue en paro!!”, me contestó alguien.
A partir de ese momento, entramos todos en modo automático. Usando pocas palabras pero repitiendo los ciclos de reanimación de manera ordenada. Cinco, diez, veinte, treinta minutos. No respondía. Cuarenta, cincuenta, una hora. Habíamos pasado toda la medicación indicada por los protocolos y la que esta afuera de todas las guías también. Adrenalina, amiodarona, vasopresina, lidocaína y sulfato de magnesio. Una farmacia entera intentando que la arritmia ceda y el corazón vuelva a latir. No paramos de reanimar un minuto. La desfibrilamos más de veinte veces. Seguimos. Nos miramos. Las caras eran de profunda tristeza y desánimo. Seguimos, diez, veinte, treinta minutos más. Todos nos turnamos para hacer los masajes cardiacos. Todos estábamos empapados en transpiración.
“Basta”, dijo cabizbajo el médico a cargo, al cabo de más de una hora y cuarenta minutos de reanimación incesante, “hasta acá llegamos…gracias a todos por ayudar”.
Nos quedamos todos en silencio, alrededor de la cama. Solo se escuchaban los pitidos de los respiradores de los otros pacientes. El resto era absoluto silencio. Al cabo de unos minutos, la que rompió el silencio fue Guadalupe, la residente que había venido a buscarme hace mas de una hora y media. “¿A que hora falleció?”, le preguntó a uno de los enfermeros, que se había sentado a un costado de la cama y se pasaba la mano por la cabeza, secándose la transpiración y tratando de paliar el bajón del momento. “A las seis, Guadalupe. A las seis en punto.”
El médico de planta, sin decir una palabra, salió al pasillo a dar el informe a los familiares. En seguida escuchamos los gritos y llantos de la gente que no está preparada para recibir una noticia así.“Nadie nunca lo está”, pensé para mis adentros.
Un rato más tarde, cuando volvía en el colectivo a casa, llamé a mi vieja. “¿Qué te pasa que tenés esa voz?”, me preguntó apenas le dije hola. Le iba a contar lo que acababa de pasar con todos los detalles, como a ella le gusta por sus 35 años trabajando como terapista, pero no me salió. “¿Dami?”, me preguntó con voz preocupada ante mi falta de respuesta. “Se…se murió una chica joven”, le contesté mientras se me llenaban los ojos de lágrimas, y no le pude contar más nada. “No pensé que me iba a tocar vivirlo tan de cerca”, fue lo último que alcancé a decirle.
Se quedó en silencio unos segundos y me dijo con voz firme pero muy tranquila: “venite para casa, que preparo unos mates”.
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